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Publicar sin filtro en 2024: el raro privilegio de ser auténtico en Instagram cuando nadie más lo es

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Publicar sin filtro en 2024: el raro privilegio de ser auténtico en Instagram cuando nadie más lo es

Mi abuela no tiene Instagram. No lo tendrá nunca. Pero si lo tuviera, no entendería mi perfil. No entendería por qué a veces subo fotos movidas, o por qué escribo pies de foto que duran tres párrafos cuando nadie los lee, o por qué publico cosas que no tienen ningún sentido comercial ni aspiracional. Me miraría con esa mezcla de ternura y confusión que reserva para las cosas que le parecen un desperdicio de tiempo y diría algo como: pero qué sentido tiene esto, hija.

Y la verdad es que tendría razón en la pregunta. No tendría razón en la respuesta, pero la pregunta sería legítima.

La plataforma que prometió conexión y entregó escaparate

Instagram nació, según la mitología fundacional que todas las redes sociales se construyen, para compartir momentos. Fotos del desayuno, del atardecer, del perro dormido en el sofá. Cosas reales, cosas cotidianas, cosas que le importaban a la gente que te seguía porque te conocía.

Eso duró aproximadamente dos años.

Después llegaron los filtros. Después las stories. Después los reels. Después el algoritmo que decidía qué veías y qué no según criterios que nadie terminaba de entender del todo. Y en algún punto del camino, sin que nadie votara a favor, Instagram dejó de ser un álbum compartido y se convirtió en un escaparate profesional donde todo el mundo vendía alguna versión de sí mismo.

La versión fitness. La versión viajera. La versión mamá perfecta. La versión emprendedor con frases motivacionales. La versión artista emergente con estética coherente y paleta de colores definida.

Publicar algo real, algo sin narrativa comercial, algo que simplemente existiera porque te apetecía compartirlo, se fue convirtiendo en una rareza. Primero era raro. Después era casi sospechoso.

El coste de quedarse

Los que seguimos publicando cosas reales en Instagram sabemos que hay un precio. El precio es el silencio. Las fotos sin editar no reciben tantos likes. Los pies de foto largos y personales no generan engagement. Las historias donde hablas de algo que te preocupa de verdad, sin música de fondo ni transiciones bonitas, se ven menos que las que tienen el formato correcto.

El algoritmo no premia la autenticidad. Premia la legibilidad, la viralidad, la replicabilidad. Premia lo que la gente puede consumir rápido y sin esfuerzo. Y la vida real, la vida sin editar, raramente cumple esos requisitos.

Entonces aprendes a convivir con el silencio. Publicas algo que para ti tiene un peso enorme y recibes doce likes, dos de los cuales son de tu madre y uno de un bot ruso. Y tienes que decidir si eso importa o no. Si vas a dejar que un número pequeño en la pantalla te diga que lo que has compartido no valía la pena.

La mayoría de la gente, en algún momento, deja de publicar cosas reales. No de golpe. Gradualmente. Empiezan a editar un poco más. A elegir las fotos que quedan mejor. A escribir pies de foto más cortos, más ingeniosos, más fáciles de consumir. Y sin darse cuenta, han construido un perfil que ya no les parece completamente suyo.

La brecha generacional que nadie explica bien

Hay algo curioso en la forma en que diferentes generaciones entienden las redes sociales. Los que crecieron antes de Instagram tienen una relación diferente con la imagen pública digital. No se criaron optimizando su presencia online. No interiorizaron desde adolescentes que una foto tiene que tener cierta estética para merecer ser publicada.

Los más jóvenes, en cambio, han crecido con esa lógica tan integrada que ya no la perciben como lógica, sino como sentido común. Claro que editas las fotos. Claro que piensas en el feed. Claro que hay cosas que no se publican porque no encajan.

Y en el medio de esas dos formas de entender la imagen pública, hay gente que no sabe muy bien dónde colocarse. Que tiene el instinto de compartir cosas reales pero ha internalizado suficientes normas no escritas de la plataforma como para sentir vergüenza cuando lo hace. Que publica algo sin filtro y durante las siguientes dos horas revisa el teléfono con una ansiedad que no tiene nada de inocente.

Por qué algunos seguimos haciéndolo de todas formas

Hay una razón práctica y una razón más profunda.

La razón práctica es que Instagram, con todos sus defectos, sigue siendo el lugar donde está la gente. Donde están los amigos que viven en otras ciudades, los conocidos de hace años, la familia dispersa. Si quieres que esas personas sepan algo de tu vida sin tener que mandárselo individualmente, Instagram sigue siendo la infraestructura más eficiente disponible.

La razón más profunda es más difícil de articular. Tiene que ver con una resistencia, quizás inconsciente, a dejar que la plataforma te defina completamente. Si solo publicas lo que el algoritmo premia, si solo compartes lo que va a recibir aprobación, si construyes un perfil que es básicamente una versión de marketing de ti mismo, ¿qué queda de la persona real?

Publicar sin filtro es, en cierta forma, una forma de existir en el espacio digital sin disolverse en él. Es decir: esto soy, con foto movida y todo, con pie de foto demasiado largo y todo, con momento que no tiene ningún gancho viral y todo.

En No Quedan Blogs, donde llevamos tiempo defendiendo que todavía quedan espacios para la expresión genuina en internet, creemos que eso importa. Que la autenticidad digital, aunque incómoda, aunque poco rentable en términos de engagement, es una forma de mantener algo que vale la pena mantener.

Tu abuela quizás no lo entienda. El algoritmo desde luego no lo va a premiar. Pero hay algo en publicar sin filtro que se parece mucho a escribir en un blog cuando ya nadie lee blogs: es un acto de fe en que la honestidad todavía tiene algún lugar donde existir.

Y mientras ese lugar exista, aunque sea pequeño, aunque sea incómodo, merece la pena ocuparlo.

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