Papelitos amarillos: el museo de quien quisiste ser y ya no recuerdas
Photo: Pixloom, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons
Hay uno en el marco del espejo del baño. Otro en la nevera, medio despegado por la humedad. Uno más en la pantalla del ordenador, ese que lleva tanto tiempo ahí que ya forma parte del fondo, como el cargador que siempre está enchufado o la mancha en la pared que prometiste pintar en marzo.
Son notas. Papelitos. Post-its. Trocitos de papel arrancados de libretas que ya no existen. Llevan frases escritas con rotulador, con bolígrafo, con lápiz a veces, como si la provisionalidad del material fuera una señal de que tampoco íbamos muy en serio.
"Bebe más agua." "Llama a mamá los domingos." "No olvides respirar." "Tú puedes."
En algún momento, esas palabras fueron urgentes. Tan urgentes que alguien —tú— decidió escribirlas y pegarlas en un sitio visible para no olvidarlas. Y sin embargo, aquí estamos.
La arqueología del yo que no llegó a ser
Descolgar una de esas notas y leerla con atención es como hacer arqueología personal. Estás excavando en una versión de ti misma que tenía planes, que tenía fe, que creía que bastaba con escribir algo en un papel naranja fosforito para que ocurriera.
Esa persona que pegó la nota era optimista. Quizás incluso un poco ingenua. Pensaba que la visibilidad era suficiente. Que con verlo cada mañana, el mensaje calaría. Que el cerebro, expuesto repetidamente a "empieza el curso de italiano", acabaría rindiéndose y matriculándose solo.
Pero el cerebro es más listo que eso. O más vago. O simplemente tiene otros planes.
Lo que ocurre con las notas pegadas es lo mismo que ocurre con los propósitos de año nuevo, con las listas de reproducción tituladas "para estudiar" que nunca escuchamos mientras estudiamos, con las aplicaciones de meditación que instalamos y desinstalamos tres veces. Al principio hay intención real. Luego hay costumbre de ver el recordatorio sin leerlo. Luego hay invisibilidad absoluta. La nota deja de ser un mensaje y se convierte en textura.
Cuando el papel se vuelve paisaje
Existe un fenómeno curioso en psicología que los investigadores llaman habituación: cuando un estímulo se repite sin consecuencias, el cerebro deja de procesarlo. Es lo que hace que dejes de oír el ruido del tráfico desde tu ventana al cabo de unas semanas de vivir en una ciudad nueva. Es lo que hace que no veas la nota.
Pero hay algo más profundo que la simple habituación. Hay una decisión inconsciente —o no tan inconsciente— de no mirar. Porque mirar implica recordar que todavía no has llamado a mamá el domingo. Que sigues sin beber suficiente agua. Que llevas dos años con el mismo "tú puedes" pegado y no has podido, o no has querido, o simplemente no has empezado.
Dejar que la nota se vuelva invisible es una forma de absolución propia. Un indulto silencioso. Si no la leo, no incumplo nada.
El ritual de pegar la nota como acto completo en sí mismo
Hay algo que nadie dice en voz alta pero que todos hemos sentido: a veces el acto de escribir la nota ya es suficiente. Hay una satisfacción inmediata en poner en papel una intención. Una sensación de que algo ha sido procesado, ordenado, externalizado. Como si al escribir "ordenar el armario" en un post-it, el armario quedara ya un poco más ordenado.
Esta ilusión de progreso mediante el registro es tan humana que tiene nombre: los psicólogos hablan de completed self o de identity-based intentions gone wrong. Pero nosotros, sin tecnicismos, lo conocemos perfectamente. Es la sensación de haber hecho algo cuando en realidad solo hemos anotado que deberíamos hacerlo.
En España tenemos una expresión perfecta para esto: "del dicho al hecho hay un buen trecho". Los papelitos son, en esencia, puro dicho.
Lo que revela el momento en que los quitamos
Si la nota que pegamos dice algo de nuestras intenciones, el momento en que la despegamos dice aún más.
Hay quienes los quitan cuando cumplen lo prometido. Son pocos, pero existen, y probablemente tienen también una agenda de papel y duermen ocho horas.
Luego está la mayoría: los que los quitamos cuando nos mudamos, cuando limpiamos a fondo por primera vez en meses, cuando alguien viene a casa y de repente vemos nuestro espejo con ojos ajenos y sentimos vergüenza de ese "¡eres increíble!" con exclamación que lleva ahí desde febrero.
Despegar una nota sin haber cumplido lo que decía tiene su propio peso. No es dramático. Tampoco es liberador del todo. Es más bien una pequeña rendición pactada con uno mismo. Un reconocimiento tácito de que esa versión de ti que escribió eso ya no es exactamente quien eres ahora, o quien quieres ser, o quien tienes energía para intentar ser esta semana.
Y eso, aunque suene triste, también es honesto.
El espejo como archivo de versiones
Si pudieras superponer todas las notas que has pegado y quitado a lo largo de los años, tendrías un retrato bastante preciso de tus ciclos. Los momentos de euforia organizativa, las épocas de querer mejorar, los periodos en que creíste en la fuerza de las frases cortas para cambiar hábitos.
En No Quedan Blogs llevamos un tiempo hablando de todo lo que guardamos, borramos, archivamos y dejamos morir en silencio. Las notas pegadas en el espejo son, en cierto modo, la versión analógica de esos borradores que nunca enviamos, de esos marcapáginas abandonados en la página 47. Intenciones con fecha de caducidad que elegimos no leer cuando se ponen malas.
No es fracaso. O al menos no solo eso. Es también la evidencia de que somos organismos cambiantes, que lo que nos importaba en enero puede no importarnos en octubre, y que está bien que así sea. La nota amarilla que ya no lees no es una acusación. Es un fósil. Un pequeño testimonio de que en algún momento quisiste algo diferente.
Quizás deberíamos ponerles fecha de caducidad
Hay una propuesta práctica al final de todo esto, aunque en No Quedan Blogs no somos muy de propuestas prácticas: ponle fecha a la nota. No como presión, sino como honestidad. "Bebe más agua — hasta el 31 de este mes." Si para entonces no ha funcionado, descuelgas el papel sin culpa. El experimento terminó. Puedes intentarlo de otra forma o no intentarlo. Ambas opciones son válidas.
Porque lo que no tiene sentido es seguir mirando sin ver. Tener un espejo lleno de promesas que ya son parte del paisaje, ni recordatorio ni decoración, solo ruido visual de una persona que en algún momento tuvo muchas ganas.
Mejor quitar la nota. O cumplirla. O escribir una nueva con más humildad.
Algo como: "Hoy es suficiente con esto."
Esa sí la leerías.