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Playlists fantasma: esas listas de Spotify que creaste para una persona que ya no existe

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Playlists fantasma: esas listas de Spotify que creaste para una persona que ya no existe

Abre Spotify. Ve a tu biblioteca. Baja un poco.

Ahí están. Las reconocerás porque tienen nombres que ahora te resultan ligeramente vergonzosos, o crípticos, o dolorosamente específicos. Para los martes de noviembre. Indie que me mandó él. Música para cuando sea escritora. Verano que no fue. Canciones para el piso nuevo.

Algunas no las has reproducido en años. Algunas nunca las reprodujiste del todo. Las creaste, las llenaste de canciones con una meticulosidad que ahora te parece desproporcionada, y luego las dejaste ahí, suspendidas en el tiempo, como cartas que nunca se enviaron.

Esa colección de listas abandonadas es, si te paras a pensarlo, una de las autobiografías más honestas que tienes.

La playlist como proyecto de identidad

Hay algo muy específico en el acto de crear una playlist. No es solo elegir música. Es construir una versión de ti mismo que existe a través de la música. Cuando curadas una lista, estás diciendo: este soy yo, o este quiero ser, o así me siento, o así quiero sentirme.

La playlist tiene una función performativa incluso cuando nadie la escucha. Estás ensayando una identidad. El tipo de persona que escucha jazz de madrugada. El tipo de persona que tiene canciones para correr al amanecer. El tipo de persona que conoce grupos que nadie conoce. El tipo de persona que está enamorada de esa manera específica que solo esa lista de canciones describe con exactitud.

El problema —o la gracia, según se mire— es que esas identidades tienen fecha de caducidad. Y las playlists se quedan.

El museo de quien pretendiste ser

Recuerdo haber creado, hace varios años, una lista que titulé con el nombre de una ciudad a la que nunca fui. Estaba llena de música francesa, algo de bossa nova, un par de canciones de Sufjan Stevens. Tenía pensado mudarse a esa ciudad. Tenía pensado ser el tipo de persona que vive en esa ciudad y escucha esa música mientras camina por sus calles.

Ni me mudé ni escuché la lista. Sigue ahí, con treinta y cuatro canciones y cero reproducciones en los últimos cuatro años, como evidencia de una vida paralela que se quedó en proyecto.

Eso es lo que son las playlists abandonadas: vidas paralelas. Versiones de nosotros mismos que esbozamos con canciones y luego no habitamos. La persona que iba a empezar a meditar y creó una lista de ambient para acompañar la práctica. La persona que se iba a poner en forma y eligió música para entrenar con una convicción que duró exactamente lo que tardó en hacer la lista. La persona que se estaba enamorando de alguien y construyó el soundtrack de ese amor antes de que el amor llegara a ningún sitio.

En España, donde la música tiene una presencia muy particular en la construcción de la identidad —la música que escuchabas con tus amigos a los dieciséis, la que sonaba en ese bar de Malasaña o del Eixample, la que pusiste en el coche en un viaje que se convirtió en recuerdo—, estas listas tienen una carga emocional especial. Están ancladas a momentos, a personas, a versiones de ti mismo que a veces ni reconoces.

Por qué no las borramos

Lo curioso es que tampoco las eliminamos. Ahí siguen, acumulándose. Música de ruptura 2019. Para el verano de Granada. Canciones que le gustarían a mamá.

Borrarlas sería admitir que esas versiones de nosotros mismos no van a volver. Que la persona que iba a mudarse a esa ciudad no existe. Que ese amor no llegó a ningún sitio. Que el proyecto de persona que ensayaste con esa selección de canciones se quedó en borrador.

Mantenerlas es una forma de no cerrar la puerta del todo. Una forma de decir: todavía podría. Todavía podría ser el tipo de persona que escucha esta música.

Hay algo muy humano en eso. Y algo muy de nuestra época también. Antes, cuando la música era física —vinilos, cassettes, CDs—, construir una identidad musical requería inversión real. Comprabas el disco, ocupaba espacio, era tuyo de una manera tangible. Ahora crear una playlist no cuesta nada. El gesto es tan fácil que lo hacemos de forma casi inconsciente, en un momento de aspiración o de emoción, y luego la vida sigue y la lista se queda esperando.

Lo que la música sabe de ti

Hay estudios que sugieren que la música activa recuerdos de una manera más intensa y precisa que casi cualquier otro estímulo. Una canción puede llevarte a un momento específico con una nitidez que ninguna foto consigue. El olor, la temperatura, la luz, la persona que tenías al lado.

Eso hace que las playlists abandonadas sean especialmente potentes como objetos de memoria. No son solo listas de canciones. Son portales a versiones anteriores de ti mismo. Si reprodujeras ahora esa lista que creaste en 2018 para ese viaje que no hiciste, probablemente volverías a sentir algo de lo que sentías entonces. La esperanza, la anticipación, la persona que eras en ese momento específico.

Por eso tampoco las reproducimos, quizás. Porque hacerlo sería enfrentarse a esa distancia. Entre quien pretendías ser y quien resultaste ser. Entre la vida que imaginabas y la que tienes. Entre la persona que creó esa lista con ilusión y la que la encuentra ahora, con un poco de ternura y un poco de melancolía.

El archivo que nadie pidió

Spotify sabe cosas de ti que probablemente tú mismo has olvidado. No solo lo que escuchas, sino lo que quisiste escuchar. No solo quién eres, sino quién intentaste ser.

Esas listas fantasma son un archivo emocional involuntario. Un registro de tus aspiraciones, tus duelos, tus entusiasmos pasajeros, tus amores que no llegaron a ningún sitio, tus proyectos de vida que se quedaron en canciones.

No las borres. O al menos no todavía. Deja que sigan ahí, silenciosas, con sus títulos crípticos y sus canciones nunca escuchadas del todo.

Son parte de ti. De todas las partes de ti que no llegaron a cuajar pero que existieron, aunque solo fuera en el tiempo que tardaste en hacer esa lista un martes por la noche, creyendo que ibas a ser alguien diferente.

Eso también cuenta.

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